Monday, October 11, 2010

Tengo unas amigas que no me las merezco; sabedoras de mi obsesión por las casas antiguas me proporcionan acceso a maravillas como la que voy a mostrar hoy.
Gracias, M. y J. Os echo de menos.

Esta casa, como todas las grandes casas de pueblo, tiene su propia historia. Fue construida en los años 20 por una familia de clase media que se dedicó al ancestral oficio de la panadería. Dicen sus familiares que nunca ha tenido que ser reformada porque está muy bien construida, con técnicas y materiales de calidad. Los muros son gruesos, como en la mayoría de las casas de la época. De ese modo, se evitaba el frío y el calor. La casa es muy grande, tiene tres plantas inmensas y 5 dormitorios. En la planta de abajo había un jardín precioso y un huerto. A la dueña de la casa le encantaba estar rodeada de flores y plantas de todo tipo. Incluso, hay una palmera. Hoy el jardín es una maraña de hierbas salvajes y hojas secas, es un lugar embriagador, como salido de un cuento de princesas dormidas en castillos abandonados, difícil de describir pero fácil de imaginar...

Antiguamente el horno estaba ubicado en el subsuelo, y la venta se realizaba en la planta superior que tenía salida a la calle. En verano, el horno calentaba tanto la casa que se hacía insoportable estar en ella. Así es que, durante los meses de calor, la familia mandaba a la hija pequeña a la sierra a casa de su abuela.

Cuentan que durante la Guerra Civil los rojos solían irrumpir en las dependencias del humilde panadero para robarle toda la producción acumulada, incuso se llevaban los sacos de harina. También cuentan que muchas familias del pueblo lograron sobrevivir gracias a la caridad de esta familia, que luchaba contra el hambre de la época regalándoles su pan a cambio de nada.

En el salón hay un precioso piano con el que la dueña de la casa solía amenizar largas veladas familiares. En la casa de enfrente había un casino, y los clientes solían salir a la calle para deleitarse con las melodías que se escapaban a través del balcón.

Hoy, esta magnífica casa está en venta. No se puede decir que esté abandonada, pero por desgracia, lo parece. Una vez al año alguien viene a abrir sus puertas y ventanas, a oxigenar sus paredes para que no mueran de pena, a ventilar sus habitaciones con la esperanza de que ésta sea la última vez que el polvo de sus muebles se deje mecer y reubicar por la brisa.

Ni qué decir tiene que yo la compraría si pudiera, pero no me alcanzan ni el dinero ni los kilómetros.
Me entristece pensar que el paso del tiempo acabará con ella si no la compra alguien pronto. Pero más aún me entristece el presentimiento de que el que la compre la demolerá y construirá en su lugar un edificio de pisos lánguidos y aburridos. No apuesto porque venza la historia.
Ni el sentido común...













Fotos: Tula Malcriada

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